sábado, julio 13, 2013

Ni por la lengua ni por el dinero

El otro día hablé con un periodista estadounidense que se ha interesado últimamente por las noticias que llegan desde Cataluña. Con total franqueza me explicó que no sabía muchas cosas de nuestro país, pero que se había documentado bastante antes de aterrizar. Su objetivo -según dijo- es comprender los motivos "por los que una parte de españoles quiere dejar de serlo". Él lo expresó de esta manera y yo puntualicé que no se trataba de rechazar o despreciar ninguna identidad, sino del hecho elemental que un pueblo pueda ejercer la democracia.

Una vez entramos en materia, el periodista yanqui empezó a hablarme de lo que el soberanismo llama "expolio fiscal" y comprobé que él ya había buscado las cifras básicas. Con datos en la mano recitó lo que muchos sabemos perfectamente: el déficit estructural catalán es del 8,5% del PIB catalán y representa cerca de 16.500 millones de euros anuales en los últimos tres años. También había estudiado como la solidaridad interterritorial acaba afectando Cataluña, que cae siete posiciones una vez hecha la nivelación entre autonomías, a causa del incumplimiento del principio de ordinalidad. La paradoja -añadí yo- es que las comunidades que generan menos riqueza acaban disponiendo de más recursos por habitante que las que más contribuyen a la caja común.

Entonces se quedó muy pensativo, me preguntó por el intento fracasado de nuevo pacto fiscal y concluyó, satisfecho: "Lo tengo claro: el independentismo catalán es un asunto de intereses, como ocurre en Italia con la Liga Norte ". Inmediatamente le contesté que, si bien los argumentos económicos y fiscales estaban muy presentes en el movimiento soberanista y habían convencido a muchas personas, sería un error atribuir el crecimiento sólo a este factor. Había que mirar más allá, le sugerí.

El estadounidense sonrió y sacó otros papeles de la maleta. A partir de ese momento me hizo un resumen bastante correcto de historia de la cultura catalana, con referencias a El Tirant, el monasterio de Montserrat, la Renaixença, la inmersión lingüística escolar y la creación de TV3. En su iPhone llevaba canciones de Raimon, Lluís Llach, Sopa de Cabra y Manel, que no entendía nada pero le gustaban mucho. Alguien también le había pasado -lo tenía en el iPad- un episodio de la serie Dallas doblado al catalán y un fragmento largo de la película Pa negre.

Continuaba sonriendo: "Quizás no me he explicado bien antes; quería decir que la cartera es determinante, pero ya sé que la reclamación identitaria de Cataluña se sustenta en una cultura y una lengua distinta del español". Yo le escuchaba fascinado. Habló del ministro Wert y de las ocurrencias del Gobierno aragonés porque quería demostrar que estaba al día de todo, y remachó el clavo: "De acuerdo, el independentismo es un asunto de lengua y cultura, se trata de evitar que estas desaparezcan, un poco como ocurre en Quebec ". Él pensaba que, esta vez, había hecho diana pero le contradije: admití la evidente base cultural del nacionalismo catalán, pero advertí que la gente no reclama el divorcio con España sólo para lograr una protección cultural.

El periodista estadounidense dejó de sonreír. Estaba molesto. Si no eran ni el dinero ni la lengua, ¿Qué movía una parte importante de catalanes a reclamar un referéndum? Me observó como lo haría un jugador de póquer y lanzó su as a la mesa. Ahora volvía a sonreír: "Me parece que ya lo entiendo: el independentismo es, sobre todo, una asunto de poder, el objetivo es tener una bandera en las Naciones Unidas, disponer de embajadas, hablar de tú a tú con Bruselas, decir que Barcelona es capital de un Estado y ... ". Le corté y, amablemente, le dije que tampoco acertaba. Para comprender el actual momento de Cataluña, debía considerarse una dimensión que no se mencionaba nunca pero que era más influyente que la clave económica, cultural o de poder.

El soberanismo -le expliqué mientras él tomaba notas- es, por encima de todo, una causa moral. Esto significa que nace de constatar que la catalanidad ha sido y es, para los poderes formales e informales españoles, una forma anómala y defectuosa de la españolidad. Si la catalanidad es una identidad sospechosa por defecto en la España de matriz castellana, hay que intentar disolverla, ahogarla y, principalmente, excluirla de cualquier ámbito de poder. Hace pocos años, se frenó una OPA de una empresa catalana sobre otra con el grito de "antes alemana que catalana". El catalán siempre es culpable de no ser un español bastante auténtico, aunque no sea nacionalista. El periodista estadounidense alucinaba. Añadí que la relación entre vascos y castellanos no tenía nada que ver con este esquema, lo que quedaba clara -por ejemplo- en el hecho de que nadie discutía el concierto fiscal de Euskadi y Navarra.

El soberanismo catalán es una causa moral. Se alimenta de argumentos económicos, culturales y políticos que suministra Madrid diariamente, pero va más allá. Es una causa moral porque tiene que ver con la necesidad de dejar de dar explicaciones sobre lo que somos, como si fuéramos niños. Quien no entienda esta dimensión profunda del conflicto no entenderá nada de lo que hoy mueve miles de catalanes y catalanas. El visitante sí captó el concepto.


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