miércoles, agosto 27, 2014

El momento de la ruptura democrática


«No se trata, querido presidente, de preguntar a los ciudadanos -mediante unas elecciones autonómicas- si tenemos derecho a decidir»

"Ustedes han venido a hablar de algo que no existe, no existe ninguna soberanía distinta a la del pueblo español. Sencillamente: no existe". Con esta claridad meridiana nos dice Rajoy que no hay ninguna grieta. No existe voluntad de reconocimiento como pueblo ni como nación, ni de encaje del derecho a decidir dentro de la legalidad vigente, aunque poder, podrían. Es cierto que el TC ha incorporado la expresión derecho a decidir a su doctrina por primera vez, pero lo hace inviable a los procedimientos que el Estado tutela y autoriza.

Esperar no servirá de nada, ni hay zanahoria federal que valga. El PNV recordaba a Rubalcaba (ese gran federalista que a la hora de la verdad no traspasa ni el aeródromo de Sabadell) que la misma canción del diálogo y de la reforma constitucional ya la había explicado 9 años atrás, entonces contra el Plan Ibarretxe. Después, nada.

Nos niegan, pero somos. Somos una de las naciones más antiguas de Europa, y una de las propuestas más modernas: una nación que basa su existencia en el reconocimiento mutuo y voluntario de sus ciudadanos, un país que nacerá del voto. Por tanto, la cuestión no es qué camino seguimos dentro del laberinto constitucional español, la cuestión no es si habrá o no ruptura democrática. La cuestión es cuál es el momento más apropiado para hacerla.

No se trata, querido presidente, de preguntar a los ciudadanos mediante unas elecciones autonómicas si tenemos derecho a decidir. El 25 de noviembre de 2012 ya contestamos esta cuestión de forma rotunda y clara: el 74 % de los votos dijeron que somos sujeto soberano para decidir, nos dieron el mandato de hacer una consulta. Este paso ya lo hemos dado.

Unas elecciones sólo representarían un paso hacia adelante si trataran de la declaración unilateral de independencia. Pero en este caso, ¿todas las candidaturas responderían a la misma pregunta o cada plantearía un plebiscito a su gusto? ¿Se votaría sólo sobre independencia o también sobre programas y partidos? En esta tesitura, seguro que el grueso de los medios situaría el debate entre promesas falsas de terceras vías y el abismo sideral. Y, obviamente, estas elecciones no evitarían una ruptura democrática con el marco constitucional español, una vez ganadas por el programa electoral (o suma de programas) que incluyera la independencia.

La consulta del 9N, en cambio, plantea la decisión de forma clara y aislada del resto de materias. Lo entienden los catalanes y lo entiende el mundo. Sitúa la decisión libre como punto de partida de un proceso de independencia negociado. Cambia los marcos mentales de la opinión pública catalana, española e internacional. Traspasa la carga de la prueba al otro lado: ¿quién y cómo, en democracia, puede impedir que se conozca la opinión de los ciudadanos? Incluye la tercera vía de forma concreta, si es que alguien la quiere concretar de verdad. El debate no sería entre la falsa tercera vía y el abismo, sino entre quedarnos como estamos, una propuesta concreta (si es que llega) de vía federal y el inicio de proceso negociador hacia la independencia. El grueso de los medios podrá decir lo que quiera, pero el debate ya está situado entre los que queremos que todo el mundo vote y los que no quieren que voten ni los suyos.

La consulta sólo tiene un pequeño inconveniente, que es una gran ventaja: está más cerca. La ruptura democrática será inevitable porque el Estado lo ha querido así. Hemos sido y seguiremos siendo extremadamente pulcros en las formas y los procedimientos. Pero que no nos dé miedo la ruptura si es con un voto en la mano.
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Oriol Amorós
Diputado del Parlamento catalán


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