domingo, agosto 24, 2014

Nadie os obliga a hablar gallego

Siempre intento evitar conflictos cuyo acuerdo está condenado al fracaso desde el principio. Pero a veces cuando oigo cosas absurdas no me puedo abstener de responder.

No estoy en contra ni de cualquier cultura ni de lengua ni de nación, pero no soporto la política del odio y de frases absurdas puestas en las cabezas de gente poco complicada. Las certezas que repiten luego, aunque suenen cómicas, pueden ser peligrosas.

A pesar de que el diálogo que tuve con un chico gallego es bastante común, todavía me presiona a hacer una pequeña reflexión.

Cuando se acercó y me hizo una pregunta que yo no entendí, parecía un hombre normal, que realmente tenía una pregunta. No podía saber que era gallego, supongo que eso no se podía adivinar por el estilo de peinado que llevaba, o por la posición de los labios cuando decía unas palabras, porque no soy Sherlock Holmes.

Amablemente le dije que no le había entendido y le pedí si podía repetir su pregunta. Inconscientemente lo hice en catalán, porque es la lengua que habitualmente utilizo aquí. Ni me imaginaba que para él las palabras de cortesía fuesen como un cebo para un pez grande, pero el pez del odio y frustración para toda la cultura en la cual se encontraba el tío gallego.

Me obligaban a hablar en catalán, empezó a gritar. En Galicia no obligamos a nadie a que hable gallego y aquí siempre obligan a todos a que hablen catalán.

¿Quién te obliga? Intentaba enterarme donde estaba la clave del problema… Pero el tío no paraba de gritar y no era posible tener una conversación fructuosa.

-Háblame gallego o mandarín si sabes, porque cuantos más idiomas sabemos más ricos somos- intentaba tranquilizarlo, pero no había ninguna manera de comunicarme con él, porqué solo repetía las mismas frases. Finalmente le lancé una mirada de indiferencia y me marché, para no perder más el tiempo.

Me sabe mal que de no haberlo presionado porque me diera la respuesta de quien le obligó a hablar catalán (todos los catalanes, supongo) y como lo empujaron para que lo hiciera. Concluyo que ni la obligación ni la presión no debían ser muy fuertes, porqué el tío gallego parecía no saber ninguna palabra catalana, ni de cortesía ni de grosería.



Anita Janczak





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